Las heridas emocionales de la migración irregular de niñas, niños y adolescentes no acompañados

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Cuando una niña, niño o adolescente migra sin compañía representa un peso enorme, no solo por los riesgos que corre en la travesía, sino también por la frustración y preocupación con la que vuelven.

Después de días o incluso semanas fuera de Guatemala, muchos llegan emocionalmente agotados. Traen miedo, incertidumbre, por lo que dejaron atrás y por lo que encontrarán al regresar.

“Ellos vienen básicamente derrotados, decepcionados, tristes, preocupados y frustrados”, explica Roberto Álvarez, psicólogo de Casa Nuestras Raíces Quetzaltenango (CNRQ). “Muchos sienten el peso de las deudas que sus familias adquirieron para financiar el viaje o la tristeza de no haber logrado llegar a Estados Unidos”. 

Las cifras

Durante 2025, Casa Nuestras Raíces Quetzaltenango atendió a 389 niñas, niños y adolescentes migrantes no acompañados. La mayoría tenía entre 13 y 17 años y emprendió el viaje buscando trabajo, reunificación familiar o mejores oportunidades de vida.

Sin embargo, detrás de cada cifra hay historias marcadas por el cansancio, el miedo y el desarraigo. Algunos adolescentes relatan haber pasado días caminando, haber dormido en la calle o haber sido abandonados durante la ruta migratoria. Otros regresan después de experiencias traumáticas relacionadas con extorsiones, amenazas o secuestros.

“Son historias que nunca van a poder borrar”, señala Álvarez. “Desde que salen de casa empiezan a vivir emociones y situaciones que afectan su desarrollo emocional”, explica el profesional.

Escuchar para sanar


Al llegar al albergue, además de alimentación, descanso y atención médica, el acompañamiento emocional se convierte en una parte fundamental del proceso de atención.

“Lo principal es escucharlos”, explica Rosana Hidalgo, trabajadora social de CNRQ. “Ellos vienen con muchos pensamientos y preocupaciones. Muchas veces lloran porque no saben qué hacer”.

Por ello, el personal especializado brinda primeros auxilios psicológicos y espacios seguros para que niñas, niños y adolescentes puedan expresar sus emociones. Algunos necesitan hablar inmediatamente. Otros únicamente requieren tiempo, silencio y sentirse seguros nuevamente.

“Les hacemos saber que están en un lugar seguro, que esto no es una cárcel y que estarán aquí mientras son reunificados con su familia”, agrega Hidalgo.

Las historias que permanecen


Después de siete años trabajando con niñez y adolescencia migrante retornada, Rosana Hidalgo asegura que algunas historias permanecen para siempre en la memoria del equipo.

Una de ellas fue la de una adolescente que viajó sola a Tapachula, México, para comprar el vestido de sus quince años. Al no ir acompañada de un adulto y no portar documentos, fue localizada por autoridades migratorias y tuvo que pasar la fecha de su cumpleaños dentro de un proceso de protección.

Otro de los casos que más recuerda fue el de un adolescente nicaragüense con discapacidad que salió solo de su país sin rumbo fijo. “Él no sabía bien ni su nombre ni su edad”, recuerda.

Durante varios días, el personal coordinó con instituciones en Nicaragua, consulados y familiares para localizar a su madre y lograr que pudiera regresar con ella. Finalmente, el adolescente pudo hablar nuevamente con su familia por teléfono antes de volver a su país.

“Nosotros nos convertimos en la voz de los niños”, expresa Hidalgo. “No es solo recibirlos y registrarlos. Es hacer todo lo posible para ayudarlos”.

Un regreso seguro


En Casa Nuestras Raíces, el objetivo no es únicamente brindar atención temporal. También se busca garantizar que niñas, niños y adolescentes puedan regresar a un entorno seguro y libre de violencia.

Por ello, cada caso es evaluado de forma integral por personal de psicología, trabajo social, medicina y nutrición. El acompañamiento incluye identificar riesgos, necesidades familiares y posibles vulneraciones de derechos para coordinar el seguimiento correspondiente.

A pesar de las experiencias difíciles que muchos vivieron durante el viaje, el equipo también identifica algo que se repite constantemente: la resiliencia.

“Muchos vuelven felices de saber que otra vez van a ver a su mamá o a su familia”, señala Roberto Álvarez. “El simple hecho de saber que ya están en Guatemala les devuelve tranquilidad”.

Aunque la migración irregular deja heridas emocionales profundas, el regreso también representa una nueva oportunidad para reconstruir vínculos familiares, recuperar la estabilidad y reencontrarse con la seguridad de estar nuevamente en casa.

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