así recibe Casa Nuestras Raíces a la niñez y adolescencia migrante no acompañada

Después de 24 horas de viaje desde México hacia el Centro de Recepción de Retornados en Tecún Umán, San Marcos, y posteriormente hacia Casa Nuestras Raíces Quetzaltenango, el bus por fin se detiene. Desde las ventanas algunos de los adolescentes ven a sus familiares, eso les dibuja una sonrisa en su rostro cansado; otros, cabizbajos, no logran ver a nadie conocido y sienten incertidumbre.

Empiezan a bajar del bus y lo primero que reciben es la bienvenida del personal de Casa Nuestras Raíces. “¡Bienvenida Carmen, bienvenido José, bienvenido Gilberto!”... De inmediato pasan al comedor, en donde los esperan con un delicioso platillo guatemalteco y les informan que ya están en su país y que han llegado a un lugar seguro en donde permanecerán temporalmente mientras llegan sus familiares.

 El primer lugar seguro

“Les hacemos saber que están en un lugar seguro, porque al llegar sienten miedo, piensan que es una prisión o que van a ser sancionados”, cuenta Rosana Hidalgo, trabajadora social de Casa Nuestras Raíces Quetzaltenango. “Les informamos que es un albergue temporal en donde estarán mientras son reunificados con su familia”, agrega.

Durante 2025, Casa Nuestras Raíces Quetzaltenango atendió a 389 niñas, niños y adolescentes migrantes no acompañados. La mayoría tenía entre 13 y 17 años, quienes emprendieron el viaje buscando trabajo o intentando reencontrarse con familiares.

 Las historias

Para *David, un adolescente retornado, la idea de viajar a Estados Unidos nació con el deseo de ganar en dólares para ayudar a su familia y construir un mejor futuro.

Sin embargo, el camino estuvo lejos de lo que imaginaba. “Fue un poco duro porque no había comida. Tenía que andar comiendo golosinas y agua”, recuerda.

Las condiciones del viaje pueden afectar seriamente el bienestar físico y emocional de niñas, niños y adolescentes. La médica del albergue, Ana Mazariegos, explica que muchos retornan con cuadros severos de deshidratación, dolor corporal, agotamiento extremo y largas horas sin descanso tras caminar durante días o permanecer en tránsito constante.

A esto también se suma el impacto emocional. “Ellos vienen tristes, vienen frustrados, se sienten derrotados”, señala Rosana Hidalgo. En muchos casos, además de la preocupación por lo vivido durante el trayecto, los adolescentes cargan con el peso de las deudas adquiridas por sus familias para financiar el viaje, coincide el psicólogo de Casa Nuestras Raíces Quetzaltenango, Roberto Álvarez.

Por ello, además de alimentación, atención médica y descanso, el acompañamiento emocional forma parte importante del proceso de atención. “Lo principal es escucharlos”, agrega Hidalgo. “Muchas veces lloran porque no saben qué hacer”.

 El reencuentro

Uno de los momentos más importantes ocurre cuando en Casa Nuestras Raíces logran comunicarse nuevamente con sus familiares. Según explica Jenni Lemus, jefa del Departamento de Niñez y Adolescencia Migrante No Acompañada, “hay papás que dicen: ‘Yo no sabía que mi hijo estaba vivo’”.

Mientras esperan ser reunificados con sus familias, niñas, niños y adolescentes reciben atención integral y acompañamiento especializado. El objetivo es garantizar que regresen a un entorno seguro, por ello a través de las sedes departamentales todos los casos tienen seguimiento.

“Somos esa mano amiga y esa cara amiga que ellos ven como su país”, expresa María de la Paz López, encargada de Casa Nuestras Raíces Quetzaltenango. “Los recibimos con amor y con todo lo importante para ellos”.

Hoy, *David asegura que lo primero que quiere hacer es volver a ver a su familia y continuar sus estudios en Guatemala. Después de lo que vivió, ya no quiere repetir la experiencia. Su historia, como la de cientos de adolescentes retornados, refleja los riesgos que enfrenta la niñez y adolescencia durante la migración irregular, pero también la importancia de contar con espacios de protección y acompañamiento durante su regreso.

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